lunes, 23 de abril de 2007

APRENDAMOS DE LAS ESCRITURAS

Moisés 1:4–6. Moisés es un hijo de Dios.

Todas las personas de la tierra son hijos espirituales de Dios, nuestro Padre Celestial. En un discurso que la
Primera Presidencia escribió en 1909, titulado el “Origen del hombre”, dijo: “El hombre es hijo de Dios, formado
a la imagen divina e investido de atributos divinos, y así como un hijo de madre y padre terrenales puede llegar
a ser un hombre a su debido tiempo, así la progenie aún sin desarrollar y que viene de padres celestiales puede,
mediante el aprendizaje a través de las épocas y de los siglos, evolucionar hasta llegar a ser un Dios” (véase Mi
reino se extenderá, pág. 78; véase también Hechos 17:27–28; Hebreos 12:9; Marion G. Romney, Learning for the Eternities, George J. Romney, comp. 1977, págs. 31–32).


Moisés 1:6. “Aparte de mí no hay Dios”.

La frase “aparte de mí no hay Dios” no debe interpretarse como que el género humano no tiene el potencial eterno
de llegar a ser como Dios. En un discurso que la Primera Presidencia dio en 1912 acerca de Moisés 1:6, ofreció un
contexto histórico con el fin de ayudarnos a comprender esa frase: “Moisés se crió en un ambiente idólatra, ya que entre los egipcios había gran número de dioses. Al comenzar la obra que el Señor dijo a Moisés que tenía para él, era necesario
que éste concentrara sus pensamientos y su fe en Dios el Padre Eterno como el único Ser al cual adorar… “…El solo objeto de adoración, Dios el Padre Eterno, ocupa un lugar supremo y único, y es sólo en el nombre del Unigénito que, para ese propósito, nos acercamos a Él, como Cristo siempre enseñó” (“Only One God to Worship”, Improvement Era, abril de 1912, págs. 484–485).
El élder Boyd K. Packer, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, explicó: “El Padre sí es el único Dios verdadero.
Por cierto que nadie le superará, ni nadie ocupará Su lugar. Tampoco nada cambiará la relación que nosotros, Su
progenie literal, tenemos con Él. Él es Elohim, el Padre. Él es Dios. Sólo hay Uno como Él. Reverenciamos y adoramos a nuestro Padre y nuestro Dios” (véase “El modelo de nuestro Progenitor”, Liahona, enero de 1985, pág. 56

miércoles, 11 de abril de 2007

lunes, 9 de abril de 2007

APRENDAMOS DE LAS ESCRITURAS

MOISÉS 1:1-11

Moisés 1:1. “Moisés fue arrebatado a una montaña extremadamente alta”.

La visión que se registra en Moisés 1 tuvo lugar después de que Jehová habló a Moisés desde la zarza que ardía pero antes de que éste sacara a los hijos de Israel de Egipto y cruzaran el Mar Rojo (véase Moisés 1:17, 25–26).


Moisés 1:2, 9–11. ¿Cómo pudo soportar Moisés la presencia de Dios?

Moisés pudo soportar la presencia de Dios porque “la gloria de Dios cubrió a Moisés” (Moisés 1:2); fue transfigurado (véase el versículo 11; véase también D. y C. 67:10–12).

El élder Bruce R. McConkie, que fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, escribió:

“La transfiguración es un cambio especial que experimenta la apariencia y la naturaleza de una persona o cosa por medio del poder de Dios. Esa transformación divina eleva a la persona desde un estado más bajo a uno más alto y da como resultado una condición más exaltada, admirable y gloriosa…

“Por medio del poder del Espíritu Santo, muchos profetas han sido transfigurados para poder estar en la presencia de Dios y presenciar visiones de la eternidad” (Mormon Doctrine, segunda edición, 1966, pág. 803).


Moisés 1:3–8. ¿Quién habló a Moisés?

El personaje que le habló a Moisés fue el Jesucristo premortal, que es Jehová, el Dios del Antiguo Testamento.


sábado, 7 de abril de 2007

PRESIDENCIA GENERAL DE LA SOCIEDAD DE SOCORRO
ABRIL 2007

Julie B. Beck Presidenta
Silvia H. Allred Primera Consejera
Barbara Thompson Segunda Consejera

martes, 3 de abril de 2007

Enriquezcan su matrimonio

PRESIDENTE JAMES E . FAUST
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cómo enriquecer un matrimonio

Tal vez se pregunten: “¿Qué se hace para enriquecer constantemente un matrimonio?”. Edificamos nuestro matrimonio con amistad, confianza e integridad infinitas, y también al sostenernos mutuamente y cuidar el uno del otro en nuestras dificultades. Adán dijo refiriéndose a Eva: “…Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2:23). Hay unas preguntas sencillas pero importantes que toda persona, ya sea que esté casada o que esté pensando en casarse, debería hacerse con franqueza en su esfuerzo por llegar a ser “una carne”, y son:
Primera: ¿Soy capaz de anteponer mi matrimonio y mi cónyuge a mis propios deseos?
Segunda: ¿Mi dedicación a mi cónyuge está por encima de cualquier otro interés?
Tercera: ¿Es mi cónyuge mi mejor amigo?
Cuarta: ¿Siento respeto por la dignidad de mi cónyuge como persona de valor?
Quinta: ¿Nos peleamos por asuntos de dinero? El dinero en sí no es la causa de la felicidad de una pareja, ni su carencia necesariamente la causa de su infelicidad; sin embargo, pelearse por cuestiones de dinero suele ser un síntoma de egoísmo.
Sexta: ¿Existe entre nosotros un vínculo de santificación espiritual?

Levantemos puentes que enriquezcan

Existen diversos factores clave que contribuyen al enriquecimiento de un matrimonio.

La oración. Una mejor comunicación puede enriquecer nuestro matrimonio y un aspecto importante de esa comunicación es el orar juntos. Eso limará muchas de las asperezas, si las hay, entre la pareja antes de retirarse a dormir. No quiero hacer demasiado hincapié en las diferencias, pero éstas son reales y aportan interés a la vida. Creo que nuestras diferencias son como pequeñas pizcas de sal que dan más sabor a nuestro matrimonio.

Nos comunicamos de miles de maneras: con una sonrisa, un roce del cabello, una caricia. Cada día debemos acordarnos de decir “Te quiero”. El esposo debe decirle a su esposa: “¡Qué hermosa eres!”. Otras palabras importantes que ambos cónyuges deben decirse cuando sea pertinente son: “Lo siento”. El saber escuchar es también una forma excelente de comunicarse.

La confianza. La confianza mutua constituye uno de los factores más valiosos en el matrimonio. Nada hay que devaste más la médula de la confianza mutua, tan necesaria para mantener una relación íntegra, como la infidelidad. El adulterio jamás es justificable. A pesar de esa destructiva experiencia, hay matrimonios que de vez en cuando se salvan y familias que se preservan. Para que eso suceda, es
necesario que la parte ofendida sea capaz de brindar una cantidad infinita de amor que le permita perdonar y olvidar.

Requiere que el ofensor desee desesperadamente lograr el arrepentimiento y abandonar el pecado.

Nuestra lealtad hacia el compañero eterno no debe ser solamente física sino también mental y espiritual. Puesto que después del matrimonio no existen coqueteos inofensivos ni hay lugar para los celos, es mejor evitar toda especie de mal”, rechazando todo contacto cuestionable con cualquier persona que no sea nuestro cónyuge.




La virtud. La virtud es el poderoso elemento que une a la pareja. El Señor dijo: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22).

La presencia divina. De todo aquello que puede bendecir al matrimonio, existe un ingrediente especial, uno que lo enriquece y que permitirá, más que ningún otro, que un hombre y una mujer permanezcan unidos en un sentido muy real, espiritual y sagrado: la presencia divina. Shakespeare dijo por boca de la reina Isabel en Enrique V: “Dios, el Hacedor de todos los matrimonios, combine vuestros corazones en uno’’ (acto V, escena II, líneas 67–68). Dios es también el mejor custodio de todo matrimonio.

Muchos son los factores que enriquecen el matrimonio, aunque algunos parecerían no tener la misma importancia que otros.

Gozar de la compañía de la divina presencia y disfrutar de sus frutos constituye la esencia de una gran felicidad matrimonial. La unidad espiritual es el ancla, pero los pequeños problemas que se presenten
relativos al aspecto espiritual del matrimonio a menudo pueden ser la causa de que éste fracase.

Creo que aumenta el número de divorcios porque en muchos casos la unión carece de la bendición santificadora que es fruto de la observancia de los mandamientos de Dios. La relación matrimonial puede
morir a causa de la falta de alimento espiritual.

El diezmo. Tras casi veinte años de servicio como obispo y como presidente de estaca, aprendí que el pago del diezmo es un excelente seguro contra el divorcio. El pago del diezmo parece contribuir a mantener recargada la batería espiritual para que podamos perseverar aun en las épocas en que el generador
espiritual no funcione.

No existe una música grandiosa ni majestuosa que produzca constantemente la armonía de un gran amor; la música más perfecta es la amalgama de dos voces en una sola canción espiritual. El matrimonio es el medio provisto por Dios para el cumplimiento de las más grandes necesidades humanas, y se basa en el respeto mutuo, la madurez, el desinterés, la decencia, la dedicación y la honradez. La felicidad que produce el matrimonio y el ser padres excede mil veces cualquier otro tipo de felicidad.

Ser padres. Cuando los cónyuges se convierten en padres, el alma del matrimonio se ve grandemente ennoblecida y el proceso de desarrollo espiritual cobra una fortaleza inmensa. Para las parejas que pueden tener hijos, el ser padres es la fuente de la mayor de las felicidades. Los hombres se conviertan en mejores personas porque al ser padres deben cuidar de sus familias; las mujeres alcanzan su plenitud porque al ser madres deben olvidarse de sí mismas. Todos comprendemos mejor el pleno significado
del amor cuando nos convertimos en padres; sin embargo, si los hijos no vienen, las parejas que estarían igualmente preparadas para recibirlos con amor serán honradas y bendecidas por el Señor de acuerdo con su fidelidad. De todos los santuarios de este mundo, nuestro hogar debe ser uno de los más sagrados.

En el proceso de enriquecer el matrimonio, las cosas pequeñas son las realmente importantes. Debe haber un aprecio mutuo constante y una demostración atenta de gratitud. Para que haya progreso, la pareja debe alentarse y ayudarse mutuamente. El matrimonio es una empresa conjunta en busca del bien, de la belleza y de todo lo divino.

El Salvador ha dicho: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).


Ruego que la presencia de Dios enriquezca y bendiga a todos los matrimonios y los hogares, en especial a los de Sus santos, como parte de Su plan eterno.